Análisis de RadioArte: Arte del Silencio, arte de Ruido y Radioarte

Cristóbal Bolaños López
100304351
Taller de Radio

Dice José Iges en su ensayo Sobre el Radioarte: reflexiones sin desarrollo¸ que “el problema de la radio como arte reside (…) en que requiere de una escucha diferente”. Por otra parte, Rober Adrian X afirma que el radioarte es la “radio hecha por artistas”, aquellos que no tienen como otro fin más que elaborar un discurso radiofónico en el campo del artístico de la radio, dejando totalmente de lado la objetividad. Lo que hace bueno o malo el radioarte, aunque tengamos siempre ciertos presupuestos ideológicos que nos hacen más proclives a entender como arte unas obras u otras, depende en gran medida de valores subjetivos.

            Hay autores, teóricos de la estética, que afirman que la definición de arte se encuentra en la desvirtualización completa de un objeto de su uso práctico; si usamos una cucharrilla para remover el café,  tendremos como arte el uso de la misma como metáfora en manos de un pintor que esculpe la sensación de nerviosismo que este café le aporta. La radio está impuesta a una dictadura de la realidad, su función es la de informar por encima de todo. Por lo que el radioarte, desvirtualizando a este medio de comunicación, aporta una función forzar al individuo a que reflexione sobre los modos convencionales de interpretación de una información en una modalidad que de otra forma, sería interiorizada como un automatismo, es decir, una función de extrañamiento. El radioarte se forma como una interferencia, un proceso de “extrañamiento” al oyente en el que se crea un juego dimensional y espacial que hacen surgir nuevas experiencias sonoras que precisan de su propio espacio.

            Podríamos decir que el radioarte tiene origen en el mismo momento en el que se crea este medio de comunicación. El radioarte ha progresado en función de los medios técnicos y expresivos con los que ha contado la radio a lo largo de la historia, pues la necesidad de expresarse artísticamente nace de su evolución como medio de comunicación de masas. Además, esta tendencia artística no hace sino profundizar en las posibilidades expresivas y técnicas inherentes a esta a la hora de elaborar un discurso radiofónico. Para más inri, tanto el progreso de la radio como medio estrictamente informativo como el progreso del radioarte están estrechamente ligadas a la creación de nuevos sistemas técnicos que permitían dar un paso más (mayor alcance, mayor definición…).

            En definitiva, tenemos claro que el radioarte se trata de aquellas composiciones del discurso radiofónico en el campo artístico que se alejan de la dictadura de la realidad informativa de la radio y que pretender introducir interferencias y un proceso de extrañamiento en el oyente. No obstante, se nos presenta una dificultad que debemos esclarecer: ¿es el radioarte aquel arte que exclusivamente está destinado a ser escuchado en la radio? Para comprobar esta tesis vamos a hacer el análisis de tres piezas artísticas sonoras: 4’33 de John Cage, conocido como arte del silencio, El Intonarumori de Luigi Russolo, conocido como arte del ruido, y Zambra 44.1 del compositor español Adolfo Núñez, una pieza de radioarte destinado a la escucha radiofónica.

            Todas estas piezas tienen un denominador común, filosofan sobre la forma en la que percibimos el sonido y se entronizan en una tendencia vanguardista, como el radioarte mismo. Si algo caracteriza a las vanguardias es la fugacidad y lo efímero de su mensaje, características inherentes al mensaje y discursos de la radio. Además también tienen en común que todas ellas han sido emitidas por la radio, al menos en cierta medida, como observaremos en la primera obra a analizar, la de John Cage

Arte del Silencio.

En 1951 John Cage estaba investigando sobre el silencio en la música, elemento tan fundamental como cualquier otro en la partitura de cualquier pieza. La habilidad de un músico y compositor no solo se demuestra en la maestría de la interpretación, sino también en la pericia del uso del silencio como leit motiv vertebrador de la melodía. Cage, al entrar en una cámara anecoica, salas diseñadas para lograr el máximo silencio posible, solo escuchó dos sonidos: uno grave, la circulación de su sangre, y otro agudo, su sistema nervioso. De esta experiencia nació la conclusión de que no existe el silencio absoluto. Cage declaró que “el espacio y el tiempo vacíos no existen. Siempre hay algo que ver, algo que oír. En realidad, por mucho que intentemos hacer un silencio, no podemos”. De esta forma compuso una partitura dedicada al silencio: 4’33, cuatro minutos y treinta seis segundo de puro silencio musical. La pieza puede parecer una broma de arte abstracto, pero cumple las mismas interferencias y extrañamiento propios que definimos dentro del radioarte, a pesar de que no estaba destinado a ser escuchado por la radio. Podríamos decir simplemente que no estaba destinado a ser escuchado, y esa era su función directa.

Arte del Ruido

En el polo opuesto encontramos al recientemente centenario arte del ruido. Este arte tiene origen en las vanguardias del periodo entreguerras, concretamente en el futurismo. El ruido como concepto artístico nace de la mente de Luigi Russolo, pintor y compositor italiano que en 1913 publica su ensayo “El arte del ruido”. El futurismo fue una de las primeras vanguardias del siglo XX, una de las primeras contraculturas al arte convencional y académico. Una vanguardia; coetánea a otras corrientes como el dadaísmo o el surrealismo; que adora la violencia, la tecnología, la industria pesada, la velocidad ferroviaria, el progreso de la tecnología y la electricidad. Una célebre frase definía bastante bien los valores del futurismo: “un automóvil rugiente que parece que corre sobre la metralla es más bello que la Victoria de Samotracia”. El creador del movimiento es Marinetti quien redacta en 1908 el manifiesto futurista que propone una ruptura absoluta y la destrucción del arte de la Academia.

            Para Russolo el oído humano ya estaba industrializado, acostumbrado a la alta velocidad y el frenético sonido de fábricas, ya tenía el ruido como normalidad. Por ello quería que el ruido formara parte de los recursos que cualquiera músico pudiera usar. Así nació el Intonarumori, una obra ruidista en directo que en varias ciudades europeas despertaron espanto colectivo. El Intonarumori significa el entonaruidos, se componía de una serie de cajas con altavoces incorporados que con una manivela accionaban ruidos diferentes. En los conciertos, el público no solo pitaba y abucheaba con espanto, sino que pedían clemencia por algo que cien años más tarde, nos sigue pareciendo eso mismo, ruido.

            Russolo influyó a muchos autores posteriores, como Stravinski, Rabel o Edgar Varese. Tuvo especial calado en la antigua Rusia soviética, que tenía como pilar de su programa económicos la potenciación de la industria pesada. De esta forma, Russolo influenció en Alexander Mosolov en la creación de La Fundición de Acero, una composición musical que emula el sonido de la misma, en la que se perciben toda recreación sonora y sinfónica del arranque y aceleración de máquinas de vapor, es como encontrarse en el estómago de una gran refinería que va a deglutirte. La influencia ha llegado hasta la música industrial actual, y la hermandad ruidista internacional capitaneada por el japonés Mersboy; en Cage también, en la música electrónica, el steampunk… Russolo sigue haciendo ruido un siglo después, y su arte encaja a la perfección dentro las características del radioarte, a pesar de que no esté explícitamente destinado a ser reproducido por este medio. Es decir, redundando, reflexiona sobre nuestras capacidades auditivas y reflexivas del sonido, crea interferencias y extrañamiento.

Radio Arte

La obra Zambra 44.1 de Adolfo Núñez es radioarte destinado propiamente a la radio, porque lo que pretende es ironizar y reflexionar sobre cómo hacemos radio desde el propio medio, tal y como Cage y Russolo reflexionaban sobre el silencio y el ruido desde el propio silencio y el propio ruido respectivamente. A diferencia de Orson Welles y su Guerra de los mundos en Zambra 44.1 no pretende confundir al oyente haciéndole creer que se trata de un informativo real, adoptando el formato y la escaleta característicos del programa (boletín informativo, tertulia, deportes, sucesos…) sino simularlo para generar otro tipo de contenidos, capaces de crear humor y sensaciones.

El programa se inicia con una cabecera de informativo, pero compuesta por rasgueos de guitarras y palmas flamencas. Prenda los textos de la idiosincrasia propia de las chirigotas y el caló flamenco otorgándole un cáliz de humor que impregna todas las locuciones del presentador y la presentadora. El programa transcurre como un zapping de diferentes programas que va desde la emisión del último hit pop. Lo que busca es el contraste y la confusión en el espectador en un popurrí de música electrónica, locuciones flamencas, y éxitos pop.

Conclusión

El arte del silencio de Cage y el arte del ruido de Russolo no eran composiciones sonoras destinadas a ser escuchadas por la radio, al contrario de la obra de Núñez. Sin embargo, observamos características propias del radioarte en estas corrientes vanguardistas. De hecho, estas piezas han sido dadas a conocer en secciones del programa radiofónico de Javier Gallego, Carne Cruda,  que podéis descargar gratuitamente encontrar aquí (Cage) y aquí (Russolo). Puede que en su origen no fueran destinadas a la radio, pero actualmente han encontrado un rincón en la “república independiente de la radio”, por lo que les podemos dar sin prejuicios morales a estas particulares composiciones sonoras la calidad de Radioarte.

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